A menudo, Francia es mencionada por los historiadores norteamericanos como la gran aliada en el proceso de emancipación estadounidense. Es cierto que fue la primera potencia en responder a las necesidades de los revolucionarios y que, no sin vacilaciones, intervino militarmente en la guerra de la independencia luego de 1776, año en que Thomas Jefferson redactó la Declaración de la Independencia.
Lo cierto es que pocas veces se menciona el rol de España en el proceso de emancipación estadounidense, quizá porque no se destacó en los aspectos militares, o en los más dramáticos. Aún más, la misma corona española intentó mantener un perfil bajo en relación a su ayuda hacia los independentistas.
Hacia unos años, Gran Bretaña había socavado la presencia española y francesa en América del Norte y Central, tras la Guerra de los Siete Años, que finalizó con la victoria anglosajona. La declaración de la independencia de las 13 colonias inglesas en 1776 fue una ocasión para que los vencidos recuperaran el terreno perdido y tomaran su venganza.
Entonces, para comprender la tan festejada independencia de los Estados Unidos es importante tener en cuenta el plano en el que se desataron los sucesos realmente. A fines del siglo XVIII, los “Estados Unidos” no era más que una delgada franja de colonias establecidas entre la costa del Atlántico y un vasto territorio inexplorado hacia el oeste. Inglaterra era la dueña de los mares, y la principal potencia económica, militar, y política del mundo. Los enemigos que acumulaba Gran Bretaña eran muchos, y esto fue lo que posibilitó la victoria en la emancipación estadounidense.
Fuentes:
- Portell Vilá, H.: Los Otros Extranjeros en la Revolución Americana, Ediciones Universal, 1978.
- Olivera, O.,: “España y Cuba en la independencia de los Estados Unidos”, REVISTA GUARACABUYA, Junio 1998.
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